En Sedatours sabemos que ahora no es tiempo de viajar, sino de quedarse en casa. Sin embargo déjanos acercarte nuestro destino #Camboya, para que puedas soñar con otros mundos y desconectar hasta #cuandoestoacabe.

En defensa de lo público

En las últimas décadas lo público no ha tenido ni buena prensa ni muchos defensores. La necesidad de estimular a la economía en un contexto de crisis y la perversidad del crecimiento indefinido, ha hecho que los gobiernos y gran parte de la ciudadanía hayan apoyado los recortes y la privatización de la sanidad, la educación y algunos sectores estratégicos y esenciales para el funcionamiento de nuestras sociedades.

Yo trabajo como corresponsal de viajes desde hace más de 15 años en un país pobre. Cada temporada, cuando me encuentro con mis clientes y compartimos una charla o una comida, siempre me escuchan la misma reflexión: «viajar no solo nos ofrece conocer otras culturas y formas de vida, también nos permite mirar de dónde venimos, y poner en perspectiva nuestra propia realidad. Si lo hacemos, nos daremos cuenta del enorme valor que tiene el tener garantizado el derecho a una atención sanitaria de calidad y a una educación básica. Cuando esas cosas no existen, todo cambia, y el valor del dinero no es simplemente material, sino que, por el contrario, establece la diferencia entre los que viven y los que mueren. En ese tipo de sociedades, la economía es salvaje, la corrupción se convierte en sistémica, los lazos familiares se corroen, y la amistad casi siempre es interesada.»

Ahora que nuestro ritmo de vida se ha ralentizado, tenemos tiempo para reflexionar sobre lo verdaderamente importante. La política y la economía sólo tienen razón de ser si contribuyen a ayudan a garantizar los derechos fundamentales de las personas; empezando por la vida misma, y continuando con un trabajo en condiciones humanas y dignamente remunerado, facilitando el acceso a la cultura y al conocimiento, a una vivienda digna, etc.

Estas preocupaciones no son exclusivas de nuestro tiempo. En todas las épocas ha habido jefes, patriarcas, gobernantes, dictadores, reyes y emperadores que se han enfrentado a la tesitura de hacer algo para mejorar la vida de su pueblo, por justicia y/o compasión o simplemente para ganarse el favor y/o el agradecimiento de las masas.

Ese fue el caso del personaje, cuya aventuras y desventuras me gustaría presentarles a continuación:

Angkor, la capital del mundo

Los seres humanos nos hemos acostumbrado en muy poco tiempo a convivir con una visión global sobre la realidad inmediata. La crisis que estamos padeciendo es un buen ejemplo de ello: Podemos disponer de datos de los cinco continentes a tiempo real, y leer las opiniones de políticos y científicos de todo el mundo de forma instantánea y gratuita. Sin embargo, cuando toca observar el pasado, e interpretar los acontecimientos que tuvieron lugar siglos atrás, nuestra visión se empequeñece de forma significativa.

Para los occidentales que aprendimos una interpretación etnocentrista de la Historia Universal, nos sorprende escuchar, por ejemplo, que El Imperio de Angkor llegó a ser el centro del mundo durante más de 500 años. Tanto es así que, mientras Europa se encontraba sumida en la oscuridad de la Alta y Baja Edad Media, y ciudades tan importantes como Paris o Londres no alcanzaba los 200.000 habitantes, solo el asentamiento en torno a la capital de Angkor (cerca de la ciudad de Siem Reap), llegó a superar el millón de súbditos. La supremacía del Imperio de Angkor no solo fue cuantitativa. Su dominio abarcó también la arquitectura y las artes, la estrategia militar, la ingeniería hidráulica y de caminos, etc.

La vida comienza a los 60

En este contexto se sitúa la vida y reinado de Jayavarman VII (1122-1218), el personaje más relevante de la historia de Camboya y el único mortal que ha recibido el reconocimiento de semidiós. En su faceta guerrera destaca el haber llevado el Imperio de Angkor a su máxima extensión, ocupando todo o parte de lo que hoy es Camboya, Tailandia, Vietnam, Birmania, Malasia y Laos. También fue el artífice de la mayoría de las construcciones, templos y palacios que aún permanecen en pie desde entonces. Por si esto fuera poco, instituyó el budismo como la religión del imperio, interrumpiendo la hegemonía del hinduismo, que hasta su reinado había sido la religión oficial y mayoritaria. Se necesitan varias vidas para emular semejantes logros, sin embargo, Jayavarman comenzó su obra cuando ascendió al trono con 61 años.

Aunque sus dotes como estratega eran sobresalientes, y su obra arquitectónica ha sobrevivido hasta nuestros días como una de las maravillas del mundo, no fue nada de eso, lo que lo elevó por encima del resto de los mortales, sino la relación compasiva y apasionada con su pueblo.

«Sufría más de las enfermedades de sus súbditos que de los suyos propios; porque es el dolor público lo que hace sufrir a los reyes, y no su propio dolor» (Inscripción encontrada en uno de los hospitales que construyó)

Un guión de película

Comencemos por el principio, y veamos algunas notas sobre su apasionante biografía:

Jayavarman VII era hijo del rey Dharanindravarman II, y legítimo sucesor al trono del Imperio de Angkor. Sin embargo, cuando su padre murió, y al conocer las aspiraciones de poder de su hermano Yasovarman, decidió renunciar al trono y autoexiliarse al vecino reino de Champa (en la zona central de la actual Vietnam). Esta sorprendente decisión desprovista aparentemente de toda ambición, pudo haber sido propiciada por la relación que tenía con su esposa la princesa Javarejadevi, una persona muy religiosa, de fuerte carácter y devota al budismo Mahayana, (religión hasta entonces minoritaria a la sombra del  hinduismo como la creencia oficial del Imperio).

En 1166, un oficial de la corte llamado Tribhuvanadityavarman, usurpó el trono de Angkor. El príncipe Jayavarman recibió la noticia en el exilio, y se apresuró a regresar para defender a su hermano o para reclamar el trono. Sin embargo, para cuando llegó ya era demasiado tarde. Su hermano había sido asesinado y depuesto, y el nuevo monarca se había reafirmado en el trono. Jayavarman por su parte no tenía la intención de ascender al trono por la fuerza, con lo que continuó viviendo en las inmediaciones de forma discreta esperando su oportunidad.

Doce años más tarde, cuando Jayavarman tenía más de 50 años, esa oportunidad llegó como resultado de una invasión de los enemigos Cham en 1177, que provocó la muerte de Tribhuvanadityavarman, el saqueo de Angkor y su sometimiento al dominio extranjero. En esta situación, Jayavarman organizó la lucha por la independencia y en menos de cinco años logró expulsar a los invasores y establecer su hegemonía sobre todo sus rivales. Finalmente, en 1181, a la edad de ¡¡61 años!!, fue coronado como el único rey del Imperio Khmer.

Un legado singular

Si alguna vez has visitado Angkor o tienes pensado visitarlo algún día, encontrarás la huella de Jayavarman VII en muchísimos templos y ruinas diseminadas por el Parque Arqueológico. A continuación mencionamos los principales:

  • La impresionante ciudadela amurallada de Angkor Thom (“La Gran Capital”), a la que consideraba “su novia”. En su interior destaca el templo estatal de Bayon, el mayor exponente del estilo arquitectónico único, reconocible por las torres con rostros gigantes de sonrisa serena apuntando a los cuatro puntos cardinales.
  • El templo de Ta Prohm (“El Viejo Brahma”), o más popularmente conocido por el templo de las raíces, que fue dedicado a la madre de Jayavarman.
  • En honor a su padre construyo el enorme complejo de Preah Khan (“Espada Sagrada”), que es el templo más grande después del de Angkor Wat.
  • El templo de Neak Pean (“Serpientes entrelazadas”), templo budista y santuario en una isla artificial íntimamente relacionado con el templo de Preah Khan.
  • Fuera del Parque Arquelógico de Angkor, cerca de la frontera occidental con Tailandia, Jayavarman construyó la ciudadela de Banteay Chhmar, en honor a su hijo caído en combate.

Pero la obra pública no solo se centró en consolidar la hegemonía del rey y en exaltar su grandeza. No sabemos si fruto de sus creencias, de su experiencia, o una mezcla de ambas, Jayavarman siempre mostró un manifiesto interés por mejorar las condiciones de vida de sus súbditos. Así lo atestiguan los 102 hospitales que se cree se construyeron bajo su reinado, innumerables canales, embalses y lagunas para garantizar la red de abastecimiento hídrico, y por si esto fuera poco, 121 casas refugio a lo largo de la extensa red de caminos del Imperio, a fin de que los peregrinos, comerciantes y viajeros pudieran descansar y reponer fuerzas.