Estos días estamos siendo testigos de cómo los niveles de contaminación en nuestro planeta disminuyen, y el impacto del ser humano en el entorno se ha suavizado. Las consecuencias no se ha hecho esperar, y la naturaleza está resurgiendo en todo su esplendor.

Este fenómeno, que para nosotros es novedoso, se repite cada temporada en un pequeño rincón tropical de nuestro planeta llamado Camboya.

Los Gigantes de Angkor

Gran parte del inmenso legado arqueológico que posee Camboya, se encuentra celosamente custodiado por verdaderos colosos vegetales. Sobre las bóvedas y galerías de muchos Templos de Angkor, unas semillas diminutas, traídas por el viento, anidaron hace decenas, e incluso cientos de años atrás. De esos granitos vivos, emergieron árboles gigantescos, de troncos de oro y plata; y raíces que se abren paso entre la piedra como gruesas anacondas en busca de tierra firme.

Este abrazo vegetal a la obra hecha por los antiguos, es tan dramático e intenso, que nunca se está seguro de sus verdaderas intensiones: Tal vez, contrariada y dolida por la inmensa belleza de algo que no le pertenece, la naturaleza se apresura a destruir y enterrar todas las ruinas que caen a su alcance; o puede que, muy al contrario, sea un amor de siglos, lo que, con brazos burdos y demasiado poderosos, intenta mantener Angkor en pie desesperadamente.

Obviamente, nunca lo sabremos, sin embargo, esta batalla entre el avance de la selva tropical, y el arduo trabajo de los restauradores, hace que el paisaje de Angkor permanezca vivo y en constante transformación.

Los nombres de algunos de los árboles más espectaculares en los Templos de Angkor son:

  • El Ceiba Pentandra: puede llegar a alcanzar los 70 metros de altura y 5 metros de diámetro.
  • El Tetrameles Nudiflora: puede llegar a medir 45 metros de alto y extender su base a lo largo de 10 metros.